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A 30 años del Paro del Nororiente las comunidades siguen luchando por las mismas reivindicaciones que, durante el año 1987, los hicieron salir desde las veredas más remotas hasta las principales ciudades a reclamar escuelas, puestos de salud, vías, puentes, subsidios a la producción, créditos, entre muchas otras necesidades apremiantes.

Tras varios meses de negociaciones y la firma de un acuerdo, los paros se levantaron y las personas volvieron a sus veredas. Durante este periodo vieron caer uno tras otro asesinados hombres y mujeres que dirigieron el paro, miembros del movimiento comunal, del magisterio y de diversos sectores que para entonces se destacaban por su dinámica organizativa. A la par, muchas comunidades se cansaban de esperar el cumplimiento del gobierno y decidieron solucionar con recursos propios sus necesidades, construyeron así escuelas, carreteras, puestos de salud, salones comunitarios, entre muchas otras obras.

Esta capacidad de autogestión no vino sola, se construyó acompañada de profunda incredulidad en la institucionalidad, de aprecio intenso por cada obra, por cada logro que se teñía con la sangre de las personas sacrificadas, de amor por la tierra que se pisada, de orgullo y dignidad de saberse miembro de una Junta de Acción Comunal y parte de un territorio llamado Catatumbo.

Durante estas tres décadas se han amasado estos sentimientos, y para avanzar en la construcción de la paz se tendrá que reconocer eso, y el gobierno demostrar con hechos que es capaz de cumplir su palabra. Pretender ahora después de otro ejercicio de negociación y firma de acuerdos, arrebatar por la fuerza a las comunidades, lo que representa su única fuente de ingresos, hará más difícil aún creer en la institucionalidad.

Un verdadero interés de mirar para el Catatumbo, debe partir de reconocer su realidad, y no de culpar a la población de la vida que asumió para resistirse al olvido estatal, olvido que camina acompañado de una clase política tradicional corrupta, mezquina, capaz de robarse los recursos de la educación, la salud, las vías, que son los mínimos de una vida digna para cientos de miles de personas que habitan con nobleza y sapiencia el campo.

Mirar al Catatumbo significa tener la capacidad de ver sus necesidades reales, para lo que no se requieren más diagnósticos, sino revisar los múltiples pliegos incumplidos que las comunidades han acumulado en 30 años de movilizaciones; significa tener la delicadeza de ver que la población ya está agrupada en núcleos, y se llaman Asociaciones de Juntas de Acción Comunal, no invertir millones de pesos en burocracia para inventar otras formas de agrupamiento; significa reconocer lo que se ha avanzado desde la autogestión, dando pasos importantes hacia formas de autogobierno que le han permitido al campesinado sobrevivir al olvido, a la marginalidad, a ese crimen llamado corrupción que debería elevarse a la categoría de lesa humanidad en la medida que provoca exterminio, asesinato y esclavitud; sobrevivir al conflicto armado, al desprecio y a la estigmatización con que hemos y seguimos siendo tratados los y las habitantes del Catatumbo.

Es por ello que rechazamos con fuerza esta oferta de paz que amenaza, asesina, despoja,
arrebata, y exigimos se avance por el camino de aquella paz que cumple la palabra empeñada, que reconoce las propuestas del campesinado, que busca transformaciones para el beneficio de las mayorías, que respeta el dolor, los sacrificios, y la paciencia de las víctimas, que permite avanzar a partir de los sueños y las esperanzas hacia otro mundo posible.

POR UNA PAZ CON CAMBIOS Y PRODUNDAS TRASNFORMACIONES

COMITÉ DE INTEGRACIÓN SOCIAL DEL CATATUMBO
CISCAcatattumbo

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